Cuando conversábamos antes, y me has contado la actitud de tu familia, cómo machacan de forma amarga y distorsionadora cualquier palabra con que reveles un padecimiento o problema, te he dicho que es frustrante verse obligado a renunciar a tus seres físicamente más allegados, la familia, a la hora de abordar un tema que te hace sufrir. He añadido que no es raro que uno busque reverberar sus pensamientos hablando con otra persona, satisfecho con su presencia de pared plana, irreactiva, para oírse más claramente y desde fuera, porque uno frente al prójimo suele sentir la urgencia de parecer consecuente y sensato, y trata de ordenar y racionalizar sus argumentos aunque sea con una pauta equivocada. Este empeño en un diálogo interno lo desatendemos completamente con asombrosa asiduidad; la confianza da asco, como reza el dicho, ¿y quién mejor para descuidarse que uno mismo? Solemos pensar que no nos vamos a ofender con nosotros mismos, que sería absurdo como enfado, o mejor dicho, no se nos pasa por la cabeza ni siquiera pensarlo. Pero luego nos cabreamos por nuestra estupidez y ligereza, aunque estoy divagando.
Una vez te has marchado, me ha picado la necesidad, esa impaciencia mezclada de remordimiento, de aclararte que en lo que te afectaban mis palabras anteriores no me englobaba a mí mismo, que cuando tú me hablas –no sé qué harás cuando hablo yo- no me limito a dejarte hablar, sino que te escucho detenidamente, que yo no me considero un analgésico puntual, paliativo y sucedáneo de un remedio definitivo, y que ni siquiera soy una medicina que vaya a cicatrizar las úlceras de tu existencia. Que no puedo, ni es mi designio.
Yo no pertenezco a ese circo que es tu vida, igual que la mía y la de todos, revuelto de espectadores, amigos, payasos, animales, comparsas y compañeros, de ojos que reprueban o asienten,de cuchillos lanzados, de espectáculos, encargos, penalidades, lleno de recompensas y de desafíos. Yo no estoy en las gradas observando como actúas, o dándote la mano mientras tú juzgas o disfrutas del número de alguien. No estaré en el momento en que te estampen una tarta en la cara, sólo ante un público ávido y vindicador de su dinero como una gran boca hambrienta, ni tampoco cuando te aplaudan hasta el desuello o te descoyuntes de la risa.
No, no seré partícipe de tus luchas diarias en ese circo de tu vida, de tus desconsuelos ni de la efevescente euforia que te invada al realizar un salto mortal inconcebible o crear una nueva música para tus fieras y para tí, no lo seré, porque no podré estar allí contigo, y lo sabes.
Yo estaré fuera, dándome un garbeo por las casetas, sobre la hierba crujiente y fresca de rocío, mientras me entretengo con un algodón de azúcar o el olor tostado de una manzana con caramelo, haciendo tiempo con mis cosas, ajeno a la carnicería y a las celebraciones que se perpetran dentro de esa carpa abultada y repleta de vicisitudes. Estaré por aquí, visible o no, pero siempre en las inmediaciones potenciales de tu escenario, a la distancia de una llamada sincera, para limpiarte los restos de tarta que te cuelguen de la barbilla, o colgarte otra vez la medalla alrededor del cuello, o escuchar tu música cumplida como si hablara un poco para mí. Y besarte, claro.
Etiquetas:
Compartir
¡Necesitas ser un miembro de CrEaTiViDaD a flor de piel para añadir comentarios!
Participa en esta red social